Curso de Instructores del Método Billings

El día después


Cuento para mayores, sin receta
por el P. Enrique Monasterio
Fuente: Alfa & Omega
pensarporlibre.blogspot.com

La píldora «del día después» es toda una síntesis de la mentalidad abortista y la banalización de la sexualidad hoy. Lo refleja magistralmente el autor, jurista, sacerdote y columnista de «Mundo Cristiano»

Catalina está un poco embarazada, casi nada en realidad. Su embarazo es tan pequeñito que casi no es embarazo. Es un embarazo a lápiz, en papel borrador, que se va como ha venido. Además, tampoco lo sabe seguro, porque la cosa fue ayer mismo.

Catalina tiene 15 años y va a la farmacia con frecuencia. Antes compraba regaliz y clerasil para los granos. Hoy comprará un antiácido, que no necesita receta, porque la lógica ansiedad del evento le ha generado un poquito de hiperclorhidria, y pedirá también un antibiótico para el flemón. El flemón es casi tan pequeño como su embarazo, pero para ése sí que lleva una receta. (...)

Luego pedirá la píldora porsiacaso –así la llama su amiga Loli–, que vale 20 euros (Loli no, la píldora). Loli vale mucho más, porque su padre tiene pasta por un tubo y ha comprado varias píldoras (su padre no, Loli) para no tener que ir a la farmacia después de estar con Manolo. Catalina supone que porsiacaso no es el nombre auténtico del medicamento, pero Nieves, que es una farmacéutica superguay, se lo aclarará.

Catalina está nerviosa, pero contenta. Gracias a la nueva píldora será más libre cuando esté con su primo Borja. Además, le han explicado en el cole que, mientras el embrión no anide, te lo puedes quitar, porque es como si no existiera. Y la anidación sólo ocurre unos días más tarde. Cuando la profe lo dijo en clase, Richi, que es un bocazas medio tonto, contestó: «Eso es como decir que hasta que el niño no esté en la cuna no es niño y te lo puedes cepillar». Catalina se mosqueó y dijo que «no es lo mismo, Richi, qué bruto eres»; pero todos se rieron, porque ya sabían lo de ella y Borja.

Catalina llega a la farmacia, pero como hay una vieja (lo menos tiene 40 años) comprando, pide primero el almax para la acidez y el augmentine que le ha recetado el dentista. La farmacéutica se lo trae todo y le pregunta: «¿Quieres algo más, guapa?»(...) Se va la vieja, y entonces dice: «Ah, se me olvidaba. También quiero…, la píldora ésa… pa después, ¿mentiendes…?»

Nieves la mira de arriba a abajo y le pregunta si es para después de comer o para después de ponerse ciega de cocacola con güisqui. Catalina se mosquea y le dice que ya sabe ella de qué está hablando y que tiene derecho a la píldora comosellame. Entonces Nieves le responde que, en su farmacia, no se despachan abortivos, aunque venga la ministra con una pistola; que a lo hecho, pecho, y que se lo piensa decir a su padre (al de Nieves no, al de Catalina) para que se entere de lo que hace la niña.

Catalina se marcha con un mosqueo considerable y va en busca de otra farmacia alejada de su casa donde no la conozcan. Al fin la encuentra y le dan la famosa píldora. ¿Sólo una?, pregunta la niña. El boticario se le ríe a la cara y le dice que para qué quiere más. «¿Es que te dedicas a eso? ¿Eres una profesional?»

Catalina se ha tomado la píldora con un vaso de coca-cola light. Ella habría preferido una copa de Baylis, que es dulce como un caramelo y, con un poco de hielo, te pones la mar de contenta, pero es que el alcohol no se lo venden ni con receta.

Por la noche piensa que ya puede estar tranquila; que la cosa no ha tenido importancia, porque, además, lo más probable es que no estuviera embarazada. Y si lo estaba era un embarazo muy pequeñito, y el embrión no había tenido tiempo de anidar. O sea que Nieves es una exagerada, pero no le dirá nada a papá. Y si se lo dice, que se lo diga. Porque ella tiene sus derechos, que se lo ha oído a una ministra muy mona que hay ahora.

Catalina se mete en la cama. Siempre ha rezado tres Avemarías, pero hoy le da cosa y no reza nada. Apaga la luz y se pone a llorar como cuando era muy pequeña y no podía dormir sola.

1 comentario:

Jesus Hipolito dijo...

Catalina es una adolescente confundida por una educación que intenta alejar a los hombres de Dios y a quien no le han enseñado a distinguir placer de felicidad. El placer es del momento y nos viene de afuera. La felicidad también es del momento, pero la construimos nosotros desde adentro y podemos ir renovándola momento a momento. Podemos ser felices en situaciones sumamente displacenteras, como creo que lo habrá sido la beata Teresa de Calcuta.
Catalina tiene todavía algo de Dios en su corazón, por eso lloró al acostarse como cuando era niña. Si hay una próxima vez, quiera Dios que recapacite y comprenda que el placer de sacarse una inquietud de encima, a costa de una posible vida humana, su hijo, es incomparablemente minúsculo con la felicidad que podrá encontrar haciéndose cargo de su conducta, de su eventual hijo, incluídas todas las dificultades que se le presentarían. Crecería como ser humano, llegaría a ser mujer en el sentido más amplio de la palabra y habría encontrado un motivo para luchar. Podría llegar a comprender que en ese acto de amor está la verdadera felicidad, que cuando naciese su bebé, entonces sí placer y felicidad estarían muchas veces juntos.